#Editorial: OPS advierte sobre los peligros del Dióxido de cloro, químico que esta promocionando como cura para el covid-19

La búsqueda de una cura milagrosa contra el coronavirus está llevando a muchos a promocionar el uso de una polémica formulación química: el dióxido de cloro.

Este producto también conocido como «Suplemento Mineral Milagroso» lleva años publicitándose como un remedio para muchas afecciones y enfermedades que van desde malaria, a la diabetes y asma, el autismo o incluso el cáncer.

Sin embargo, ninguna institución sanitaria lo reconoce como medicamento y ahora que la pandemia del covid-19 azota el mundo, vuelva a aparecer como algo capaz de frenar los efectos del virus. Sin embargo, la lista de peligros del dióxido de cloro es larga y diversas autoridades han lanzado contundentes advertencias contra su uso.

El dióxido de cloro es peligroso y no debe ser consumido como tratamiento contra el COVID-19,

advierte la OPS.

A lo largo de América Latina están apareciendo productos derivados de esta sustancia que se utiliza para desinfectar superficies. Varios gobiernos han emitido alertas contra su uso. El dióxido de cloro puede causar trastornos digestivos, cardiovasculares y renales, así como la muerte, si se consume o inhala. Por otro lado, los expertos de la OPS explicaron las declaraciones del director de la OMS sobre que no «existe una solución infalible» contra el COVID-19.

La Organización Panamericana de la Salud (OPS) advirtió sobre los peligros del uso de productos de dióxido de cloro y sus derivados para ser consumidos o inhalados como supuesto tratamiento contra el COVID-19.

La OPS clara y enfáticamente desaconseja el uso de dióxido de cloro y de sus derivados para ser ingerido o inhalado o para cualquier otro uso en humanos, estos productos se usan para desinfectar superficies inanimadas no para seres humanos”, aseguró durante una conferencia de prensa Marcos Espinal, director del Departamento de Enfermedades Infecciosas de la Organización. Espinal explicó que no existe ningún ensayo clínico o resultado fehaciente de calidad que sugiera que estos productos sean efectivos o eficaces contra el COVID-19.

Al contrario, es muy tóxico, es un gas amarillento que reacciona químicamente muy fuerte, puede producir la muerte, puede producir diarreas, neumonía y otra serie de eventos. Es imperativo que cuando la gente escuche que estos productos se ofertan, contacte a su ministerio de salud”, pidió el experto.

Varios despachos de prensa reportan que muchas personas a lo largo de América Latina lo están consumiendo, y que es ofrecido como “milagroso” por algunas compañías o personas.

El dióxido de cloro es un gas de color amarillo o amarillo-rojizo utilizado como blanqueador en la fabricación de papel o en plantas públicas de tratamiento de agua; así como en el proceso de descontaminación de construcciones. Al reaccionar en agua, el dióxido de cloro genera iones clorito. Ambas especies químicas son altamente reactivas, por lo cual cuentan con capacidad de eliminar bacterias y otros microorganismos en medios acuosos. Este gas se ha utilizado como desinfectante, y en bajas concentraciones para la potabilización de agua. El hipoclorito de sodio es un producto de desinfección para uso en superficies inanimadas, comercializado como lejía o lavandina con diferentes concentraciones —alrededor de 3 a 6%—.

La OPS explica que, desde hace varios años, algunos productos que contienen dióxido de cloro o derivados se han promocionado como “terapéuticos” para la cura de diversas afecciones, sin contar con ninguna evidencia científica sobre su eficacia. Frente a la COVID-19, se han promovido en el mercado numerosos productos que contienen dióxido de cloro o derivados, solos o en combinación, que indican falsamente tener propiedades curativas para la COVID-19 e incluso otras dolencias asociadas.

Los peligros tóxicos del dióxido de cloro

Además, el dióxido de cloro y el clorito sódico reaccionan rápidamente en los tejidos humanos y, si se ingieren pueden causar irritación de la boca, el esófago y el estómago, con un cuadro digestivo irritativo severo, con la presencia de náuseas, vómitos y diarreas, además de graves trastornos hematológicos (metahemoglobinemias, hemolisis, etc.), cardiovasculares y renales.

La disminución de la presión arterial puede dar lugar a síntomas graves como complicaciones respiratorias debido a la modificación de la capacidad de la sangre para transportar oxígeno. Adicionalmente, la inhalación a través de nebulizadores puede generar edema pulmonar, broncoespasmos, neumonitis química y edema de glotis e incluso producir la muerte si se las exposiciones están por encima del valor límite de exposición profesional.

La exposición prolongada puede dar lugar a bronquitis crónica y erosiones dentales. Las concentraciones elevadas pueden ocasionar efectos adversos en distintos órganos, explica la Organización en una guía de su sitio web.

No es que no haya remedio contra el COVID-19, pero tomará tiempo

Al ser preguntado respecto a las declaraciones del director de la Organización Mundial de la Salud sobre que no “hay una solución infalible para el COVID-19 y puede que nunca la haya”, Espinal explicó que el doctor Tedros Adhanom Gebreyesus no ha dicho que todo esté perdido.

“Es importante poner en contexto que las declaraciones del director general no van en ese sentido, lo que quiere decir es que debemos continuar con las medidas de prevención. Cuando el director habla de un Silver Bullet (Bala de Plata) lo que está diciendo es que va a tomar tiempo. Hay más de 160 vacunas e innumerables medicinas en investigación, pero hay que esperar los resultados.

Espinal dijo que también era necesario recordar, por ejemplo, algunos virus como el VIH, para el cual aún no se logra encontrar una vacuna efectiva.

Toma tiempo, pero no podemos creernos o pensar que porque tenemos 160 vacunas en investigación ya tenemos la solución. Hay que esperar los resultados y el llamado del director general es a continuar con las medidas de mitigación para reducir esa sobrecarga a nuestros hospitales: el distanciamiento social, las medidas no farmacéuticas, pero no podemos tomarlo como que no va a haber solución. Habrá medicinas, posiblemente vacunas, pero hasta que no tengamos los resultados de los ensayos clínicos, no podemos llegar a conclusiones”, enfatizó el experto.

¿Qué es el dióxido de cloro?

Se trata de una solución química al 28% de clorito de sodio en agua destilada. Similar a la lejía o al cloro, se utiliza habitualmente como blanqueador para limpiar y descontaminar superficies.

Según quienes lo recomiendan, si el compuesto se mezcla con un ácido suave, como el limón o el vinagre, se crea una sustancia que puede desinfectar de toda bacteria o virus, y reforzar el sistema inmunológico.

Aun así, esta información no tiene ninguna clase de aval científico, y las instituciones sanitarias a nivel mundial han advertido acerca de la peligrosidad de ingerir dicha solución.

¿Qué le pasa al cuerpo al beber dióxido de cloro?

Según define el Departamento de Salud y Servicios Sociales de los Estados Unidos, el dióxido de cloro y el clorito reaccionan rápidamente en el agua y los tejidos húmedos del cuerpo.

“Si usted respirara aire que contiene dióxido de cloro gaseoso, podría sufrir irritación de la nariz, la garganta y los pulmones. Si usted tragara grandes cantidades de dióxido de cloro o clorito, podría sufrir irritación de la boca, el esófago o el estómago”.

dice un informe del departamento

Allí, se explica que si alguien se expone a cantidades muy altas de dióxido de cloro podría sufrir problemas respiratorios, ya que la sustancia dificulta la capacidad de la sangre para transportar oxígeno a través del cuerpo, lo que puede agravarse si se trata de niños.

Riesgo en la manipulación y consumo del dióxido de cloro y clorito de sodio

En la actualidad, en todos los países, se observa que algunas personas inducen el uso de todo tipo de sustancias y preparados con tal de prevenir o tratarse del COVID-19 y en su desesperación algunos consumen e incluso se inyectan sustancias químicas peligrosas, lo cual es sumamente preocupante.

Siendo el mercado informal algo normal, la venta de diversos productos químicos por las redes sociales se ha vuelto cotidiano. Aparte de las medicinas, muchas de ellas adulteradas -que sin recetas médicas se compran por la Internet- hay tres compuestos peligrosos que se venden sin control por personas no autorizadas y sin pericia en el manejo de sustancias peligrosas y además los manipulan temerariamente, ellos son: clorito de sodio, dióxido de cloro y ácido clorhídrico.

El dióxido de cloro es un gas amarillo rojizo que fue descubierto por Sir Humphrey Davy en 1814 y se comercializa desde los años 20 del siglo pasado como desinfectante. Se trata de un oxidante muy fuerte, muy reactivo e inestable que incluso puede explotar. Si bien es soluble en agua se descompone por fotólisis, generando especies como el radical hipoclorito, ácido cloroso y ácido clórico que luego se descomponen.

Se conoce que reacciona violentamente con mercurio, fósforo, azufre, entre otras sustancias, lo cual es un peligro porque podría originar fuego y explosión. El dióxido de cloro es una sustancia corrosiva cuya inhalación causa tos, dolor de garganta, dificultad respiratoria, entre otros daños. En contacto con la piel causa desde enrojecimiento hasta quemaduras cutáneas graves.

Para preparar el dióxido de cloro el personal capacitado y autorizado lo obtiene al reaccionar clorito de sodio con ácido clorhídrico para su uso como desinfectante. El clorito fue observado primero por N.A.E. Millon en 1843, pero fue investigado mucho más por G. Bruni y G.R Levi en la primera y segunda década del siglo pasado. Este compuesto tiene riesgo de incendio y explosión. Su inhalación causa dolor de garganta y tos y en contacto con la piel causa enrojecimiento y dolor. Al ser una sustancia fuertemente oxidante reacciona violentamente con muchos reductores, en especial combustibles.

Es por ello que, toda sustancia de uso médico debe pasar por un control de calidad. Un mercado informal de insumos no garantiza la calidad de los mismos en cuanto a su pureza o presencia de contaminantes. Como el clorito de sodio lo venden como desinfectante, se desconoce su pureza y nadie sabe cuáles son sus contaminantes.

Los usos supuestamente médicos del dióxido de cloro y su venta se iniciaron en Estados Unidos en el 2006, donde sin ningún sustento clínico algunos de los vendedores indicaban que curaba la malaria, luego incorporaron el autismo, ébola, gripe H1N1, cáncer, etcétera. Tras un tiempo, su venta se trasladó a Europa y a otros continentes. Ahora, en tiempo de pandemia, sus promotores dicen, sin prueba alguna, que cura el COVID-19.

Una revisión crítica en las publicaciones relacionadas con el dióxido de cloro indica que muchos son estudios químicos, biológicos y toxicológicos; la mayoría son estudios preclínicos. Como se sabe, para que una sustancia sea aprobada con fines medicinales se debe cumplir con los estudios clínicos de las fases I, II y III, tras lo cual se derivan a instituciones como la FDA, que tras exhaustiva revisión la aprueban o desaprueban.

A la fecha no existe ningún documento que acredite que haya pasado estas fases el dióxido de cloro. En vista de ello, y de los peligros de intoxicación que ocasiona este compuesto, ningún organismo de salud ha aprobado el uso del dióxido de cloro con fines médicos; es más, vetan su uso y alertan a la población de los problemas de salud causados por este compuesto.

Cuando la histeria social induce a las personas a consumir sustancias muy peligrosas para la salud es bueno recordar que en el año 1667 se publicó el libro History of the Royal Society encargado a Thomas Sprat y supervisado por R. Boyle y J. Wilkins, que en un párrafo señala

la actividad científica consiste en recoger los hechos de la naturaleza, absteniéndose de recoger teorías generales que se “anticipen” a ellos, huyendo de los sistemas dogmáticos generales, de la retórica, las sutilezas dialécticas y la fantasía, buscando a cambio la aplicación útil”. Sabias palabras que siglos después recobran importancia en tiempos de coronavirus.

History of the Royal Society

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